Tristán Cano

 

 

 

El psiquiatra recomendó a Tristán tomarse unas vacaciones en la costa. A los pocos días, Tristán  alquiló una habitación con vistas al mar en el piso doce de un lujoso hotel de cinco estrellas.  

La pausa le vino bien, pero conforme iba transcurriendo la semana, empezó a sentirse perezoso para retomar su trabajo.  

 Como era habitual en aquellos días, salió a caminar por la costanera. Se dirigió hacia las rocas en el lado sur de la playa, pero a mitad de camino, el paseo le resultó tedioso y decidió regresar al hotel.   

 En el hotel, un grupo de turistas de la tercera edad estaba ocupando toda la recepción.  Tristán consiguió abrirse paso entre la gente y llegó hasta el bar.   Pidió un bourbon y mientras lo tomaba, se dio cuenta de que a sus sesenta años no quería continuar viviendo de la misma manera que hasta ahora.  Horas después, y algo ebrio, regresó a su habitación. Recordó a su esposa y se dio cuenta de que no le había telefoneado nada respecto a su salud; sin embargo, pospuso la llamada y se tendió en la cama, mirando el cielo raso, se quedó dormido.  Al despertar, ya había anochecido.  Se puso en pie y se asomó al balcón. El aroma del mar le evocó sus vacaciones de infancia en el pequeño pueblo costero donde vivían sus abuelos. ¡Qué distante estaba él del niño que un día escaló un ciprés y encontró un nido con un polluelo entre las ramas polvorientas! Lo había cogido con cuidado y lo había mantenido entre las palmas de sus manos, pero, de pronto, en un acto irracional, lo lanzó por los aires. El polluelo intentó volar, pero era demasiado joven y él, en el balcón del duodécimo piso del hotel, demasiado viejo.

Tía Sara

 

Mi tía Sara me llamó al trabajo, muy excitada, porque un organillero había estado tocando en la calle y ella había reconocido la melodía de Ay, Josefina, que cantaba su madre mientras pelaba las papas para la cazuela.   El organillero tenía un loro que había sido entrenado para sacar papelitos con la suerte de un cajón. 

 Me inquietó su relato, ya que había leído en Google que el último organillo fue vendido a un museo, en el extranjero, más de treinta años atrás.  

—Mi tía necesita compañía, me dije.  

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La última novela

 

Me dirigí hacia la pérgola, en las ramas del ciruelo pequeños brotes asomaban, anunciando la primavera; yo portaba mi ordenador. Samuel me envió un correo electrónico y lo abrí mientras estaba sentado a la mesa. Como había prometido, me envió el borrador de su nueva novela.   Antes de cumplir los treinta años, había publicado sus dos primeras obras, ambas galardonadas con múltiples premios. Su carrera había prosiguió, sin impedimento alguno, durante varias décadas.

 El viento trajo consigo un agradable aroma a lavanda y naranjas.  Comencé a leer el libro.  A los pocos momentos lo abandoné, extrañado por la trama débil y perezosa del texto.   Se echaba de menos la agudeza de su narrativa anterior.  Esto me preocupó mucho.

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La parca

 

 

Era una noche de verano calurosa y húmeda.  De pronto, un esqueleto apareció ante mí.  Los años y los gusanos habían devorado toda su carne. He examinado y clasificado numerosos huesos en mi vida. Estos tenían forma alargada y el tabique nasal era pequeño entre las cuencas oscuras. Aún conservaba sus pómulos prominentes, los dientes sanos y fuertes. Su sonrisa era rígida, de oreja a oreja, igual que la de todos los esqueletos. Su pelvis era amplia, como la de una mujer.  

Tras la primera conmoción, la invité a sentarse y le ofrecí una taza de té. Sin pronunciar una sola palabra, aceptó la invitación con un tenue movimiento de su cabeza.

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El diablo en el desierto

 

Cuando Carlitos visitó mi parroquia era un joven muy sensible, con una sensibilidad que resulta difícil de encontrar entre los muchachos de su edad. Él se unió al grupo de los “zapatitos”. Yo los llamaba así y les explicaba que era porque ellos tenían la impresión de que sus pies los estaban llevando a la iglesia.

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Un duende moderno

 

 

 

 

 

Un duende que habitaba en una cueva se trasladó a la ciudad y se encontró con un caballero junto al río.

—Dame tus ropas o te romperé todos los huesos.

  El caballero, asustado, hizo así.

 Vestido con ropa de elegante, se dirigió al centro de la ciudad y, aprovechando su capacidad de hacerse invisible a voluntad, comenzó a robar carteras y celulares a los pasajeros del metro.  Su pericia de ser rápido y sigiloso lo convirtió en un ladrón experimentado del siglo veintiuno. 

 Sin embargo, su vida en la clandestinidad tuvo un giro inesperado cuando, en el otro extremo del mundo, en el mercado de Wuhan, doce chinos almorzaron sopa de pangolín y murciélago contaminada y se originó una pandemia.  Durante los meses posteriores, nadie paseó por las calles o viajó en tren; el duende, sin querer retornar a las cuevas subterráneas, voló al bosque andino, allí compró grandes cantidades de hojas de coca, le agregó queroseno y ácido sulfúrico. Tuvo mejor suerte que con el robo de bolsos. Una vez que tuvo abundante dinero, decidió comprar aquello que no poseía: una conciencia humana.  Dotado de una refinada sensibilidad social, viajó a Europa, visitó museos y tiendas, y degustó exquisitos platos y vinos en los sofisticados restaurantes.   

 Un día, en un restaurante de París, al ver el precio de su costosa comida, trató de regresar a su pasado de juegos de duende; transformarse en invisible e irse sin pagar.  Aunque pensó que lo había conseguido, al salir lo detuvieron los camareros.  Se ruborizó ligeramente de vergüenza.  

El duende se dio cuenta de que el dinero lo había hecho visible para siempre ante los ojos de los demás. 

 

 

 

 

Brujería

 

 

En una aldea europea, vivía Clarisa, una joven dedicada al conocimiento científico y a la preparación de ungüentos para aliviar diversos dolores.  Caminaba por el campo recolectando hierbas silvestres, raíces y flores. Maceraba las plantas en alcohol o las hervía para extraer los ingredientes medicinales. 

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La gaviota

 

María es una joven artista del graffiti. Lleva en su mochila los tarros de pintura aerosol y un sándwich para el almuerzo.   

Al atravesar el barrio-puerto, se encuentra con un perro que husmea en un contenedor de basura en la esquina.  Es un quiltro mediano, fuerte, de color blanco con manchas negras.  El perro huele la juventud y la determinación en la muchacha, y sin dudarlo, la sigue al trote.

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